
Temo que este post va a sonar un poco Grondonesco (no de Julio, sino de Mariano). Pero vamos igual
Aristóteles dividía las formas de gobierno en formas puras o perfectas versus impuras o imperfectas. Es decir que a cada forma de gobierno, le correspondía una versión “degradada” de la misma: a la monarquía, se le oponía la tiranía; a la aristocrácia, la oligarquía y a la democrácia, la demagógia.
Más allá de que la República Argentina probó todos los gustos en la heladería aristotélica, me gustaría tomar esta idea (la de las formas puras e impuras, no la de los helados) y utilizar algo similar para analizar el tema de la inseguridad. Especificamente, el TT “Villa 31″, que estuvo dando vueltas estos días.
Agarremos una sábana blanca, pongámonosla como una toga, y similar a Aristóteles, vamos hablar de “argumentos” perfectos o imperfectos (cuáles son los unos y los otros, por supuesto que lo defino yo, que soy al que se le ocurrió lo de afanarle la idea al griego).
Como decía: argumenos perfectos o imperfectos.
A la forma perfecta del argumento: “En la Villa 31 te pueden afanar feo” se opone la forma imperfecta: “En la Villa 31 son todos chorros”; y a la forma perfecta “En la Villa 31 también hay laburantes” se opone su contraparte imperfecta: “En la Villa 31 son todos víctimas de una sociedad injusta”.
En pocas palabras, reconocer que en la Villa 31 -y en todos los barrios marginales- la policía no entra salvo a “los bordes” es un hecho y es una realidad, y que la criminalidad existe, también (por cierto, recomiendo muchísimo leer “Cuando me muera quiero me que toquen cumbia” y “Si me querés, quereme transa”, ambos del periodista -para mi, antropólogo- Cristián Alarcón y “Sociología del delito amateur“ de Gabriel Kessler).
También es un hecho que existe gente como Camilo Blajaquis, poeta, dueño de un nihilismo que no comparto, pero tampoco viví el 0,00001% de lo que vivió él.
Y aca viene lo que para mi, es un problema: me siento como el orto por sentirme como el orto.
Veamos
Yo pago los impuestos. No dibujo ganancias.
Recojo la caca del perro. Freno en los semáforos cuando voy en bicicleta.
Cruzo por la senda peatonal. Dejo pasar a las señoras mayores en el colectivo.
No acepto coimas. No ofrezco coimas.
Trato de ayudar a todos los que puedo. Trato de no faltarle el respeto a nadie.
Les enseño a mis hijas que lo basureros son tan importantes como los médicos, que hacen un laburo durísimo, respetable y necesario. Les explico que los papás de sus abuelos vinieron de Galicia con una bolsita de tela como toda fortuna.
En pocas palabras: hago -dentro de lo que puedo- todo lo posible para ser un buen ciudadano, una buena persona.
Entonces ¿por qué tiene que ser mi culpa la marginación de alguien que vive en la Villa 31, que por esa marginación (familias destruídas, abusos) esa persona no conoció otra cosa que la violencia desde chico, que para escapar de esa violencia primero fueron las bolsas de poxi-ran, luego el paco, y el paco muerde feo, ergo esa persona sale con un fierro, y como no me encontró con plata encima, me pega un tiro en la panza?
Fin.
Todo el escenario que acabo de contar, ocurre.
A mi me afanaron, fierro en las costillas, me llevaron de paseo, me vaciaron los ahorros (luego lo volvió a hacer el Estado, pero de eso hablamos otro día). Yo no hice nada para merecer que me robaran.
Tampoco quién tiene la reputísima mala suerte de nacer en la Villa 31 hizo nada para merecer ese destino. Yo quiero cambiarlo, creo en la educación, creo en el rol del Estado y en el imperio de la ley.
Y también, me siento culpable. ¿Por qué yo sí y “el otro” no? ¿Por qué a mi se me “dieron todas” y al pibe que está en la puerta del Alto Palermo no se le dió -y probablmente no se le de- ninguna?
Esa duda, me da culpa. Me hace sentir como el tujes, pero por otro lado, no me quiero sentir así porque -racionalmente- no siento que haya hecho nada para propiciarlo. Ni por acción, ni por inacción.
Y tratando de cerrar el círculo, cuando entran en juego estas emociones (es mi culpa / no es mi culpa), es que los argumentos del principio se transforman en imperfectos. Cuando la culpa pequeñoburguesa se adueña de mi, caigo en un: “En la Villa 31 son todos víctimas de una sociedad injusta”. Pendularmente, cuando me entero de un afano, cuando la policía me recoge de la autopista Lugones a la que me subo con mi bicicleta por error (sí, lo sé, soy un gil) y me dice: “suerte que te vimos antes, porque con tu bicicleta, si entrabas para el lado de la 31, no salís”, me da miedo y caigo en el otro argumento imperfecto: “En la Villa 31 son todos chorros”.
Supongo que la verdad está en las formas perfectas, que se resumen en un: “en la Villa 31 te pueden afanar feo, pero también hay laburantes”.
Mi desafío, todos los días, es evitar el dulce vértigo de los extremos del péndulo.

















