
Tal vez todo sea una herida narcisista porque no me eligieron.
Lo pensé mucho -de hecho, lo sigo pensando- y creo que no. Realmente creo que no. En verdad siento que esa tarde en la que yo mismo me puse en ese lugar, fue uno de los momentos de mayor humillación personal. Y autoinflingida.
Dejenme que les cuente.
Hace unos día me acaban llegaron los mails convocando para TED, por lo que tiene que haber sido el año pasado, más o menos por esta fecha: si querés ser orador de TEDxRiodelaPlata, dejanos un video con alguna charla que hayas dado y cuál sería el tema del que hablarías.
Sé que hablo bien en público. Es una de las pocas cosas para las que tengo talento (otra son escribir y comer hamburguesas a la velocidad del rayo). Después de una conferencia en Chile en la que tuve que hablar, un amigo me dice: “¿Por qué no te presentas para TED?”. Admito que en ese momento, la idea me divirtió, pero después la descarté.
Una semana más tarde, otra conferencia -esta vez en Buenos Aires- y un colega de otra empresa, me hace el mismo comentario: “¿Por qué no te presentas para hablar en TED?”.
Y ahí me picó el bicho. ¿Por qué no? Lo hago bien, la evolución de los medios (si no recuerdo mal ese era el tema) es algo que me interesó de toda la vida. ¡Estaría buenísimo! Ma’ sí: yo me anoto. Así fue que completé el formulario, adosé el URL de alguna charla mía por ahí y esperé ansioso como un niño espera la navidad.
Algunas semanas después, me llega un mail que dice: “después de una dura selección donde sólo quedó 1 de cada 8, te comunicamos que te esperamos el próximo miercoles para que participar de una audición. En la audición dispondrás de 5 minutos para dar una versión reducida de la charla que darías en el TEDx. La idea no es que cuentes cómo sería la charla, sino que la des. La selección será realizada por 20 personas de campos y experiencias muy variados”.
¡Buenísimo! -pensé. ¿Qué dificultad podría tener? Hablé ante alumnos que se querían ir a su casa en la clase de la última hora del viernes a la noche (eso sí que es duro), ante 1000 personas, ante jefes, ante pares, en inglés, en castellano: tírenme con lo que quieran. ¿En sólo 5 minutos? ¡Me sobra el tiempo! ¿Campos y experiencias variadas? ¡A nada temo, vengan de a uno en fondo!
Y así fue que empecé a preparar mi charla en su versión resumida de cinco minutos. Y me di cuenta de que no iba a ser fácil. Contar “El Corazón de las Tinieblas” en cinco minutos es reducirlo a “una de un barco que va por un río”. O lo mismo pasaría con el “Martín Fierro”, quedaría como “es una de un gaucho que va por la pampa”. Mientras cortaba diapositivas como un carnicero poseído, me empecé a sentir incómodo. ¿Por qué tenía que hacerlo en sólo 5 minutos? Entiendo, si tienen que ver a 20 personas, a cada una 5 minutos, son como…. 100 minutos… epa, menos de dos horas. Yo tomé exámenes que duraron más que eso. Bueno, alguna razón tendrán. Debe ser para condensar la charla en su materia más final. Su esencia, digamos.
Preparé una versión de cinco minutos, la cronometré y con satisfacción comprobé que controlaba mis poderes de oratoria con la precisión de un cirujano. Envié una copia a los organizadores y al día siguiente, puntual, me presenté a la cita.
La situación -ya al comienzo- me hizo sentir para el churrete. Me llevaron amablemente a una salita donde otros “candidatos” esperaban su turno para hablar. Muy desconcertante, porque todos entendíamos que nuestra presencia era de suma cero: para que cualquiera fuera favorecido, era practicamente inevitable que los demás perdieran. Claro que podían seleccionar a dos, pero era -al menos-, dificil.
Fue justo en ese momento que me empecé a sentir seriamente incómodo. Había un ellos (los electores, en algún lugar fuera de la sala) y un nosotros (los que seríamos examinados y juzgados). Y por alguna razón, estupidamente y sin que nadie me obligara, yo me estaba sometiendo a un juicio de otros, de terceros. ¿Por qué estaba haciendo semejante cosa? En el medio de esa idea, me convocan a hablar.
Y ahí estaban las “20 personas de campos y experiencias muy variados”: una compañera de una maestría que trabaja en Mora y Araujo, una perodista de una revista femenina que es mujer de un amigo, Santiago Bilinkis -a quién no esperaba encontrar porque pensé que estaba de viaje-, Gerry Garbulsky, Diego Golombek y otra gente que no conocía. Si no me habían mentido, había quince más. Todos esos campos y experiencias variados prestos a opinar si lo que tenía para decir -o como lo decía- valía la pena para ser parte de un TED. Me llené los pulmones para hablar.
La epifanía me cayó con la fuerza de un rayo.
Una profunda sensación de vergüenza me tomó el pecho y la nuca (no sé por qué, pero siempre sentí la vergüenza en la nuca). La pregunta que me hacía unos minutos antes, era ahora un grito: ¡¡¡¿¿¿qué estaba haciendo ahí???!!! ¿¿por qué me estaba sometiendo volitivamente al juicio de los demás como una vaca que pide que no la maten?? ¿Realmente necesitaba una situación de ese tipo? ¿Qué quiero validar? ¿Ante quién?
Me sentí un idiota y sentí el pudor y la bronca que sólo puede sentír un tipo al que es sometido a hacer algo contra su voluntad, cuando NADIE lo obligó. ¿Se entiende la dicotomía?
Retrospectivamente, creo que me ganó el ego: la sed de reconocimento, el salir en la foto, el poder decir en una conversación “cuando yo fui orador en TED” mientras me ajustaba los gemelos como si fuera un James Bond intelectual. Y ahí mismo, como una experiencia extracorpórea, supe que estaba actuando como un pobre tipo. Un gil de estopa. Su seguro servidor, un paparulo buscafama, no muy diferente a los mediáticos de los programas de televisión de la tarde. Un amigacho geek.
Di mi charla lo mejor que pude en el tiempo asignado (muchachos de TED, por si alguno llega a leer esto alguna vez: cinco minutos no sirven para dar una charla, salvo que se sea orador precoz). Di las gracias con una sonrisa y me fui a mi casa.
Apenas llegué, le dije a mi mujer: “Soy un pelotudo por haberme sometido al juicio ajeno sin que nadie me lo pidiera. A lo mejor me eligen, a lo mejor no, pero la experiencia fue una mierda y no tendría que haberlo hecho”.
No me eligieron, se los dije al comienzo del texto, pero por las dudas se los recuerdo. Pero por haber participado en la selección, me regalaron una entrada asegurada para el siguiente TED. Al menos no todo fue negativo.
Hay una fábula que siempre me gustó, la de la zorra y las uvas, de Esopo. Más de una vez me pregunté si no estaría actuando de esa manera. Y creo que no, porque mi bronca no es con TED. Me sigue pareciendo un foro espectacular y admiro a casi todos aquellos que son convocados a subirse a ese escenario.
Pero ponerse solito en el lugar del mendicante, buscando la validación de otros: eso esta mal. Da vergüenza.
Y lo peor es que no es ajena.
Es propia.




































