El último vuelo del condor: capítulo 3


Capítulo 3

 

 

 

Sala de redacción del diario El Tribuno.

Juncal 841. Capital Federal.

Buenos Aires. Argentina

 

 

Juan Patricio Wahrberg tenía las piernas sobre el escritorio y estaba descalzo. Siempre se había sentido más cómodo sin nada en los pies. Y tal vez, una de las razones por las que eligió el periodismo era porque no tenía que usar saco, corbata... y podía recorrer la redacción descalzo. Aporreaba el teclado del teléfono desde hacía varias horas. Estuvo intentando comunicarse con algunos viejos compañeros del Nacional Buenos Aires que se habían dedicado al mundo de las finanzas. Con suerte, alguno le podía “tirar alguna punta” sobre la nueva investigación que le habían asignado.

—“¿Qué hacían con la plata los millonarios?” —se preguntó a si mismo por centésima vez. Estaba seguro de qué haría él: se compraría una isla en el caribe y se pasaría el resto de su vida leyendo y haciendo asados. Claro que necesitaría un avión privado para llevar a los amigos y amigas. Eso sí que estaría bien. Pero la verdad es que no tenía dinero ni siquiera para poder comprarse un departamento y poder liberarse del alquiler. Wahrberg siguió intentando comunicarse con su lista de contactos que sacaba de una vieja libreta: eran teléfonos muy antiguos y todavía no los había pasado a su PDA. Probó un nuevo número, con la certeza de que a quien buscaba no estaba, no trabajaba más, se había ido del país o simplemente no sabían quien era.

—Usted se ha comunicado con Horner, Wood, Bergara Consultora de Finanzas —dijo la voz grabada y melosa—. En breves instantes una operadora lo atenderá. Muchas gracias. ¿Conoce nuestros fondos de inversión en dólares? —preguntó ahora una voz masculina—. Podemos asesorarlo en...

—En nada —dijo Wahrberg a la voz grabada—. No tengo un mango y los instantes no son ni breves ni largos: son instantes. Tendrán plata pero de gramática no tienen idea.

—...no sólo en bonos sino también en moneda nacional como extranjera —siguió recitando la voz—. Horner, Wood, Bergara Consultora de Finanzas tiene una plan para su economía personal. Haga una cita con...

—Horner, Wood, Bergara Consultora de Finanzas, buenas tardes —interrumpió, ahora sí, una operadora real. Wahrberg pegó un salto y bajó los pies del escritorio.

—Hola, qué tal. Estoy buscando al señor Ludovico Arceu.

—Lo comunico —respondió impersonal la operadora. Acto seguido apareció una vez más la grabación que promocionaba los servicios de la consultora. Esta vez explicaba las ventajas de los títulos de deuda. Como antes, la grabación se interrumpió, salvo que ahora, probablemente era la secretaria personal de Arceu.

—¿Buenas tardes? —ladró como una pregunta.

—Hola señorita, ¿cómo está? —trató de responder Wahrberg en el tono más simpático que encontró—. Quisiera hablar con Ludovico Arceu, por favor.

—¿Por qué asunto es?

—Es una llamada personal —respondió el periodista.

—¿Quién le va hablar?

—Pato Wahrberg, un compañero del secundario.

—¿El señor Arceu está esperando su llamada? —ladró como un cancerbero la secretaria.

—El señor Arceu y yo somos muy amigos.

—Hmmm... un minuto por favor

—No, no, espere un según... —antes de que Wahrberg pudiera terminar la frase volvió a aparecer la voz grabada. El nueva tema: el manejo unificado de la cartera de finanzas.

—¿Por qué no cerrás el orto de una vez? —preguntó enojado a la grabación.

—¿Y entonces para que mierda me llamás? —respondió Arceu al otro lado del teléfono.

—Uuuuuhhh ¡Ludo! ¡ Perdoname,  es que estaba hasta los huevos de la grabación esa! ¡Cómo andas tanto tiempo! ¡Ludoviquete!

—Pato... siempre igual, Patito. Todo bien, todo bien. Sigo en la misma empresa, como verás.

—Che, soy un desgraciado. No nos hablamos desde la reunión de ex-alumnos. Contame un poco de vos. ¿Y ahora que hacés?

—Estoy como socio gerente. Si todo sale bien, para fin de año es Horner, Wood, Bergara yyyy... —dijo Ludovico estirando la letra.

—¡Y Arceu! ¡Qué tipo capo! ¿Ves por qué yo me juntaba con vos cuando íbamos a bailar? Porque vos sos un pibe que las tiene todas: sabe hacer guita, tiene facha. El verdadero jugador de toda la cancha.

—¿Y vos Patito, en qué andás? Te leo seguido en El Tribuno ¿seguís ahí?

—Sigo acá. Y es por eso que te llamo, necesito que me orientes con unos temas que tienen que ver con lo tuyo: manejo de plata, aviones privados, hoteles de lujo, toda esa joda.

—Con el tema de la plata seguro que te puedo ayudar, Patricio. Con el resto olvidate porque hace rato que ni minas ni joda ni nada.

—¿Te casaste?

—Me casé, me separé. Por suerte no hubo pibes. La guacha me fumó la mitad de la guita y ahora me dedico “full time” al trabajo ¿viste? Pero decime qué necesitás.

—Mira Ludo, es largo, complicado. ¿Nos juntamos? ¿Querés que vaya para allá?

—Mejor que eso: nos encontramos abajo, tengo un embole que no doy más ¿Ubicas el O´Reilly’s?, justo en la esquina de Reconquista y Paraguay. ¿Llegas en 15 minutos?

—Pasé por la puerta mil veces. Que sea en veinte, dale Ludo. Nos tomamos una cervecita y te cuento.

—Perfecto, Pato. Nos vemos en veinte. Chau.

—Chau, maestro.

Juan Patricio Wahrberg se calzó, se puso su saco, una gorra y salió de la redacción con paso apurado rumbo al O´Reilly’s. Tenía el presentimiento de que Ludovico Arceu le iba a “tirar un punta” para empezar a investigar. Le picaba la nariz y eso era señal de que estaba sobre algo. No fallaba nunca.

 

 

 

 

Hotel Academicheskaya.

Habitación 274.

Calle Donskaya 1 y 2

Moscú. Federación Rusa.

 

 

“Esto es una mierda”, se dijo a si mismo el Capitán de Navío Rubén Sincagnelli. Había llegado a Moscú esa misma mañana y el camino desde el aeropuerto internacional Sheremetjevo, hasta el hotel no había sido fácil. El marino sabía que había una conexión vía subte, pero el impacto cultural y el cansancio no hicieron que fuera fácil ubicarse. Incluso la salida del aeropuerto estaba repleta de “taxis” que gentilmente le ofrecían llevarlo a la ciudad por menos de 30 dólares. No era muy diferente al aeropuerto de Buenos Aires, Ezeiza, donde una similar mafia de taxis ofrece tarifas con salida asegurada y llegada dudosa.

Por eso es que Sincagnelli optó por un taxi contratado dentro del aeropuerto. Le costó alrededor de 35 dólares, algo así como 900 rublos, pero estaba muy cansado y no quería correr riesgos. Que la misión que tenía por delante se estropeara porque lo habían robado en un taxi a la salida del aeropuerto hubiera sido una vergüenza no solo en su condición de Subjefe de Inteligencia, sino como militar.

El hotel que le habían designado, el Academicheskaya, era el clásico bodoque moscovita: un monoblock de hormigón, sin ningún gusto, funcional y práctico. Es probable que el edificio soportara un ataque nuclear sin que se la saliera la pintura, pero pedirle a los edificios de Moscú otra característica aparte de esa, era un capricho irrealizable.

Sincagnelli revisó una vez más la habitación, que alguna vez conoció un tiempo mejor. De alguna manera extraña, tanta decadencia le hacía acordar a su propio país. Encendió un cigarrillo –se había provisto de una buena cantidad de tabaco americano en el free shop- y marcó el número de teléfono que le habían dado antes de salir.

¡Privet!— se escuchó del otro lado.

—Hola —dijo Sincagnelli en castellano.

¿Ty menya ponimayesh? —preguntó en ruso la voz.

Hello? —preguntó ahora el marino en inglés.

—Yes?

Perfecto. La conversación iba a ser en inglés. Una suerte, porque Sincagnelli no tenía la más remota idea de ruso.

—Estoy buscando al Polkovnik (coronel) Gennady Broskiy. ¿Se encuentra ahí?

—No solo se encuentra —dijo la voz en el teléfono con un fuerte acento ruso— sino que le está hablando.

—Mayor, vengo para charlar con usted por una compra muy especial.

—¡Ahhhhhhh! —dijo Broskiy—, esas cosas no se hablan por teléfono. No, no. Mejor me invita a comer ¿qué le parece?

Sincagnelli no tenía otra opción que aceptar.

—Dígame usted dónde. No conozco bien Moscú.

—¿En donde está ahora? –preguntó el ruso.

—Esa información, Polkovnik Broskiy, preferiría guardármela. Simplemente dígame dónde nos encontramos.

—Oooops... sensible. Entonces le digo simplemente: el Kamenny Tsvetok, significa Flor de Piedra. Está en 21 Ul. Sadovaya-Spasskaya. ¿Entendió o se lo repito simplemente? A las 21:00 está bien. Voy a usar un abrigo de cuero y un gorro de piel marrón claro.

—Flor de Piedra. Nueve de la noche. Abrigo de cuero, gorro claro. Nos encontramos allí.

El marino argentino colgó el teléfono de un golpe.

—¡¡Ruso de mierda y la reputa madre que lo recontraremil parió!!

Ahora tenía que preguntar como se decía Flor de Piedra en ruso —se lo acababan de decir, pero jamás lo podría repetir-, encontrar el restaurant y encontrar una forma de llegar con transporte público. Sincagnelli no quería tomar un taxi y dejar eventuales testigos del encuentro.

Eran las 10:00 de la mañana, con que se despertara a las 17:00 tenía tiempo de sobra de bañarse, afeitarse y ver cómo llegar. Por lo menos sabía que una estación de subte estaba a pocos metros del hotel, la Oktyabrskaya.

—Ruso de mierda —murmuró antes de caer agotado por el jet lag.

 

 

 

Centro Espacial Teófilo Tabanera.

Falda del Carmen, Córdoba.

República Argentina.

 

La noche era especialmente fría y oscura. Poco o nada se podía hacer para distinguir la silueta negra que se acercó a la alambrada de metal. La sombra hizo aparecer una pinza con el mango recubierto en cinta adhesiva negra, no tanto como para aislar sino como para evitar cualquier reflejo que pudiera delatar su posición. Con mano experta, tomaba la reja con la izquierda y con la derecha iba haciendo cortes en los alambres, de forma tal que se formó un cuadrado lo suficientemente grande como para que pasara un hombre agachado.

No hubo necesidad de señal alguna, simplemente cuando terminó su tarea, cinco siluetas más se sumaron a la anterior. Pero esta vez eran diferentes: no solamente estaban vestidos de negro y con un pasamontañas, sino que cada uno llevaba un fusil de asalto Heckler & Kock MP5, pistolas automáticas Browning 9 mm y dos clases de granadas: explosivas convencionales y XM84, las últimas no con el objetivo de matar sino de cegar por poco segundos al adversario mediante un potentísimo flash de luz. Solo uno de los hombres, el primero en pasar a través de la alambrada, tenía un sistema de visión nocturna Newcon NZT-22, que le permitía ver en la cerrada noche de la sierra como si fuera una tarde nublada bañada de luz verdosa.

—Perseo a Medusa —dijo el del sistema de visión nocturna a través de su micrófono de garganta. Esto le permitía tanto susurrar como hablar con voz normal y ser escuchado del otro lado. Para activarlo, solo bastaba con presionar un botón en una especie de collar que rodeaba al cuello y donde también estaba el micrófono.

—Perseo a Medusa —repitió.

—Acá Medusa. Lo escucho, Perseo —fue la respuesta.

—Medusa, ya estamos adentro del complejo sin novedad. Nos encontramos en el punto convenido.

—Comprendido Perseo. Procedemos a la segunda etapa. Medusa fuera.

En la otra punta del complejo, el guardia de la Gendarmería volvió a mirar el reloj una vez más. Nada ocurría en el medio de la sierra cordobesa a las 3:30 de la madrugada. Salvo que el frío, intenso, seguía entrando por los bordes de la puerta de la garita que, hacía rato, necesitaba un burlete nuevo.

—¿Quién me manda a meterme a Gendarme? —murmuró para si mismo cuando acomodaba una pava sobre el calentador para hacer el cuarto mate de la noche. Hacía ya casi un año que le habían asignado la “Seguridad del Centro Espacial”. En verdad, un nombre pomposo para llamar a la tarea de congelarse en medio de la sierra. En “el centro”, como lo llamaban, no había mucho que cuidar. Si bien la Comisión Nacional de Actividades Espaciales tenía una pequeña fortuna invertida en las computadoras utilizadas para bajar, guardar y analizar las imágenes de los satélites Landsat 5 y 7, SPOT 1 y 2 y ERS 1 y 2, no eran máquinas que uno se pudiera llevar a casa y usarlas para jugar o navegar por Internet.

Tal vez fue el mismo hastío el que hizo que no escuchara el motor hasta que las luces lo cegaron.

—¿Y a esta hora quién viene a molestar? —se preguntó en voz alta. No era la primera vez que alguien llegaba a la madrugada a las puertas del centro. Ubicado en Falda del Carmen, para llegar había que desviarse de la ruta C-45 para tomar un camino secundario. El mismo camino llevaba, unos kilómetros antes, a “Le Privé”, el único hotel alojamiento de la zona de Alta Gracia – Córdoba. Y no era la primera noche que una pareja ansiosa pasaba de largo el hotel y llegaba hasta las puertas mismas del complejo.

El vehículo, todavía con las luces altas, apuntaba directamente a la puerta.

—Hermano, a ver si bajas las luces —gritó el guardia mientras se acercaba cubriéndose los ojos con una mano.

—Ya va. Estoy buscando un hotel que me dijeron que estaba por acá. ¿Tenés idea si me pasé o qué mierda? —preguntó la voz de acento porteño.

—‘Tas bien perdido, negro. Tenés que pegar la... —no llegó a terminar la frase cuando el golpe seco en la nuca lo tiró al piso, inconsciente.

El cuerpo del guardia no había tocado el suelo cuando doce hombres bajaron de lo que en realidad era un camión. Vestidos enteramente de negro, la cabeza cubierta con un pasamontañas y anteojos de visión nocturna, se movían con coordinación y eficiencia militar. Uno de ellos, el que hacía de chofer y había quedado oculto de los ojos del guardia, apagó las luces y puso en marcha el camión hacia el interior del complejo, los demás, avanzaron detrás, revisando a izquierda y derecha mientras apuntaban con sus fusiles a probables blancos.

El grupo que había entrado a través de la alambrada vio acercarse el camión y se puso en acción. No muy lejos de la puerta estaba el edificio administrativo y de recepción de imágenes. Casi todas las noches había dos analistas de guardia, a veces tres. Los intrusos subieron al primer piso e irrumpieron en la sala de computadoras como una tormenta. Los dos analistas no entendieron nada. De hecho, todo fue tan rápido que ni llegaron a tener miedo.

—¡Al suelo ya mismo o los mato a los dos! ¡Ya! —dijo el líder del grupo. Sin dudarlo, los dos técnicos se acostaron al piso de plexiglas gris..

—¡Las manos en la espalda, vamos!—. Apenas acomodaron los brazos, les pusieron una capucha para que no pudieran ver y le ataron las manos, las piernas y la boca con cinta de embalar.

El jefe dio una orden.

—Vos, quedate con ellos y al primero que se mueve los quemás de un tiro en la cabeza.

El segundo al mando no pudo menos que sonreír ante semejante orden. Por supuesto, los seis intrusos salieron del edificio tan pronto como llegaron. Nadie quedó para vigilar a los analistas, pero si bien no escuchaban a nadie, encapuchados, no quisieron moverse para confirmar la teoría. Después de todo, no había nada en el edificio por lo que valiera la pena dejarse matar.

Una vez de nuevo en campo abierto, trotaron para encontrarse con el resto del grupo. Cuando llegaron al nuevo punto de reunión, se agacharon a examinar el siguiente objetivo. Delante de ellos se extendía una enorme puerta de metal, bordeada de hormigón que se incrustaba en la montaña. Ridículamente, no tenía ningún candado, por lo que uno de los hombres simplemente la movió a un costado mientras los demás avanzaban.

Si bien estaba oscuro, a la luz de las linternas se adivinaba el galpón de lo que en algún momento había sido una fábrica. Con paso experto y cotejando contra un mapa, las doce sombras pasaron por una de las puertas que daba a una escalera que bajaba varios pisos.

—Por acá —dijo uno de los hombres comparando contra el papel.

—¿Seguro?

—Y… lo seguro como puedo estar con este mapa.

—¡No me diga boludeces! —dijo el segundo con voz firme—. ¿Es por acá o no?

—Dos pisos para abajo y después por la puerta de la derecha.

—Dele

Los doce hombres bajaron los dos pisos haciendo un mínimo de ruido. Hasta ahora la misión que se habían encomendado estaba saliendo a la perfección y querían que así también terminara.

—Ahora por el pasillo —dijo el guía.

Estaban en el sótano del complejo, en lo que parecía una sala de máquinas o calderas.

—¿Y ahora?

—Acá cambiaron algo —respondió el guía dudando—. Esta caldera no estaba acá. No me oriento.

—Mejor oriéntese porque lo cago a tiros acá mismo.

—Detrás de la puerta esa.

Los doce hombres se acercaron y, cuando abrieron la puerta las linternas sólo iluminaron algunas latas de pintura vacías y secas, una chapa de zinc oxidada, palas y herramientas de mantenimiento.

—Es esta pared. Seguro —dijo el guía.

Dos hombres colocaron cuatro cargas mínimas de explosivo plástico C-4 en cada ángulo de la pared. Hundieron los detonadores eléctricos en la masa explosiva y asintieron con la cabeza al líder del grupo.

—Para atrás todos —fue la orden.

Una explosión sorda y corta levantó una nube de humo y polvo de lo que en algún momento fue la pared. Cuando la visión se despejó, se veía que el cuarto se prolongaba varios metros hacia delante y se adivinaba una estructura tapada con lonas.

—Todos saben qué hacer ¿clarito? —dijo el líder.

Sin dudarlo, cada uno de los doce miembros del equipo tomó un costado de cada una de las cinco piezas y las llevaron hacia fuera y luego al camión en el que habían llegado. Cuando terminaron de cargar, subieron al camión, salieron del complejo y se perdieron en la oscuridad de la ruta nacional N° 5.

La tercera fase había sido un éxito. El Operativo San Jorge ya tenía su lanza.

 

 

Restaurant Kammeny Tsvetok

21 Ul. Sadovaya-Spasskaya

Moscú. Federación Rusa.

 

 

El capitán de navío Rubén Sincagnelli había hecho magia para orientarse. El hotel quedaba cerca de la estación de subte Oktyabrskaya en la línea Kaluzhsko – Rizhskaya y el restaurant estaba a pocos metros del la salida de la estación Krasnye Vorota de la línea Sokolnicheskaya. Sólo había que hacer una combinación, pero los nombres no eran nada fáciles de recordar. De hecho, al marino argentino le parecía que todos eran exactamente iguales o querían decir lo mismo. Afortunadamente ubicó la estación por lo que le habían dicho en el hotel: Krasnye Vorota estaba construida casi íntegramente en mármol rojo, en un típico ejemplo de subterráneo moscovita.

Finalmente llegó a la puerta del Kammeny Tsvetok (Flor de Piedra) pocos minutos después de pasadas las 21:00. La zona era relativamente céntrica –estaba a unos 25 minutos del Kremlin- y el tráfico era intenso. Tratando de parecer un local, el marino entró al restaurant.  Estaba decorado en el clásico estilo moscovita: chillón, con excesos de rojos, panas y cromados. Y la mezcla de olor a tabaco, comida y alcohol no era lo que se dice, el mejor desodorante de ambientes. En el aire, sonaba una versión en ruso de “Garota do Ipanema”. De alguna manera a Sincagnelli le hacía acordar a los hoteles de los 70’s donde se filmaban las comedias de Olmedo y Porcel. Entre las diferentes mesas buscó con la mirada la campera de cuero y el gorro marrón claro. No tardó en encontrar la combinación buscada.

El Polkovnik (coronel) Gennady Broskiy estaba sentado y fumando. La mirada perdida y un vaso grande de lo que, a la distancia, parecía Vodka.

I guess this seat is available? —preguntó en inglés Sincagelli.

—No, la silla no está ocupada —respondió el ruso en un inglés con un fuerte acento—. Y si está interesado en hacer negocios, está más libre todavía.

—¿Gennady Broskiy, correcto? Mi nombre no importa —dijo secamente el argentino—. Tengo entendido que usted tiene a la venta cierta mercadería que la gente a la que represento está interesada en adquirir.

—Hooo... —exclamó el ruso—. Amigo mío: está yendo demasiado rápido. Primero, no me interesa quién es usted o a quién representa. Obviamente usted es latino, pasé suficiente tiempo en Cuba para reconocer el acento. Pero eso no significa nada. No sé qué le hace pensar que yo pueda tener lo que usted busca. Querido amigo, yo soy solamente un pobre coronel destinado en una de las bases militares más alejadas tristes y olvidadas de todo el puto mundo. Y exactamente ahora, sólo quiero comer. ¿No tiene hambre? —preguntó Broskiy.

—No, no exactamente.

—Ahhhh..., no amigo. No puede venir a Moscú y no probar un plato de solyanka. Más aún: le voy a pedir un plato grande de solyanka a usted también. No me gusta comer solo.

—No tengo la más remota idea de lo que es la “solyanka”. Y tampoco tengo interés en comer con usted. Quiero saber si tiene lo que dice tener y a qué precio.

—No, amigo. La manera rusa. Primero solyanka, que es una sopa de pescado con sauerkraut. Después un poco de vodka. Después otro poco más de vodka. Y para terminar, vodka. Por último usted va a pagar la cuenta y ahí veremos si podemos hablar o no.

Antes que nada, Rubén Sincagnelli era un militar, un hombre de acción. Pero por otro lado, el ruso lo tenía a su merced. Tal cual como Broskiy auguró, pidieron sendos platos de solyanka, que el ruso devoró con singular devoción. Luego vino el vodka, vodka, vodka. Sincagnelli no pasaba de un vaso de vino con las comidas, por lo que trató de evitar beber y dejar que el ruso tomara todo lo que quisiera con la esperanza de que se emborrachara y que, de esa manera, la negociación fuera más fácil. Sin embargo, el coronel Broskiy era una esponja. Ya bien pasada la sobremesa estaba tan sobrio como cuando se había sentado.

—Ahora sí —dijo Broskiy eructando estentóreamente—. Tal vez ya podamos hablar de negocios. ¿Qué le parece, mi amigo?

—Que es hora —respondió el argentino sin ocultar su desagrado—. Para empezar me gustaría saber si efectivamente tiene lo que mis contactos me dicen que tiene.

—Mmmmm... ¿si tengo lo que tengo? Digamos que sí, que tengo ocho kilos de lo que tengo. Y la pregunta obvia: ¿usted tiene el dinero que puede costar lo que yo pudiera tener? —replicó el ruso.

—Eso depende ¿de cuánto estamos hablando?

—Aaah... como le dije antes, mi amigo, soy un pobre coronel que tiene que jubilarse. Pasar su vejez en algún lugar con un clima más benigno. Ibiza, la Costa Azul, Mónaco, cualquier lugar con un poco de calor. Tal vez, incluso, una pequeña villa, un Rolls Royce, chofer, lo justo que pueda pagar con mis ahorros. ¿Nos entendemos?

—Nos entendemos —respondió el argentino.

—Considerando todo esto —dijo Broskiy mirando hacia el techo, cruzando los brazos y recostándose en la silla— estaba pensando en un fondo de pensión de alrededor de un cinco seguido de seis ceros detrás.

Sincagnelli se levantó de la mesa, metió la mano en su bolsillo y dejó una cantidad de rublos suficiente como para pagar tres cenas.

Broskiy, me gustaría decir que fue un gusto conocerlo —dijo el argentino mientras se preparaba para irse. El ruso, rápido, lo agarró del brazo.

—Vamos mi amigo —dijo sonriendo—. No hay que ser melodramáticos. Seguro que si conversamos un poco podemos llegar a un plan de retiro que sea de nuestra mutua satisfacción.

—Un millón. Eso es todo.

—Aaah... ¿es que ahora tengo que ser yo el que se levante de la mesa? Estoy demasiado cansado y borracho como para hacer toda la escena. Tres millones.

—Dos millones y la oferta es final —dijo Sincagnelli terminante.

El ruso pidió otra botella de vodka, que el mozo trajo rápido a la vista de los rublos sobre la mesa.

—Tovarich —dijo el coronel Broskiy sirviendo sendos vasos— brindemos por un trato cerrado. Usted va a ser el dueño de ocho kilos de estroncio-90. Lo que haga con ellos no me interesa, pero estoy seguro que no va a ser nada bueno. Faltan los detalles de la entrega de la mercadería y mi dinero, pero aún así...

El Polkovnik Gennady Broskiy llenó su vaso y el del Capitán de Navío Rubén Sincagnelli.

¡Na zdorovie! —gritó el ruso y los dos bebieron de un trago.

El Operativo San Jorge había conseguido la punta. Sincagnelli se preguntó como iría la parte de la lanza.


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Comments

  • 11/29/2008 11:50 AM Wally wrote:
    quiero el siguiente capitulo!!
    Ya que estamos te recomiendo un libro interesante: On the edge, de Brian Bagnall
    Un abrazo!
    Reply to this
  • 11/29/2008 11:52 AM Wally wrote:
    Toma 2!
    Quiero el siguiente capitulo!!
    Ya que estamos te recomiendo un libro, "On the Edge" de Brian Bagnall
    Un abrazo!
    Reply to this
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